domingo, 7 de junio de 2009

La vi llegar cargada de bolsas. Apareció con latas de leche condensada y 8 tabletas de chocolate. Un paquete de harina, tres de azúcar y cuatro docenas de huevos. Mientras abría la puerta de su casa me invitó a pasar. No éramos de hablar mucho. Antonia era simple y de pocas palabras. Era de esas mujeres que van por la vida sin matices. No tenía dobleces. Para ella todo era blanco o negro.
Entré y como quien quiere la cosa se puso a cocinar. Tenía una mano especial para la cocina pero me contó que lo hacía sólo en algunas ocasiones. Sí, era llamativo. Sólo cocinaba cuando estaba de malhumor. Me resultó extraño pero no quise ahondar en el tema. Ese día estaba de malhumor.
Antonia estaba enojada. Trinaba de bronca. Quería cambiar las cosas pero no sabía cómo hacerlo. No sé porqué pero me parecía que su enojo guardaba cosas de fondo. Palabras no dichas que la perseguían por dentro. Miradas intrépidas que mezclaban lo banal con lo profundo. Era como si hubiera contenido su ira y la llevaba consigo como cargaba las bolsas del supermercado.
Mientras ponía dos tazas de harina en la cacerola me decía que así de pronto lo iba a dejar ir. Que lo iba a sacar de su vida como quien saca lo que duele. Lo insatisfecho. Lo que no gusta. Lo sinsabor. Lo ácido.
Me decía que un buen punto de partida era tomar conciencia del dolor. De lo que hace mal. Mientras me hablaba revolvía con fuerza. Yo la miraba casi sin entender qué me quería decir. No sabía de quién hablaba ni el por qué de su enojo.
Sus ojos estaban enfurecidos. Era raro verla así. Mientras revolvió el azúcar con los huevos me decía que nunca había conocido a alguien tan jodido. Alguien capaz de mezclar lo dulce con lo amargo.
Mezcló todos los ingredientes y los puso en el horno. Yo sentía quelo estaba cocinando a él . No sé cuáles eran los planes de Antonia pero sé que lo cocinó con todo lo dicho. No había vuelta atrás.
Yo no supe a qué se refería. Me daba la sensación de que prefería mantener reservas de su vida privada. Es como las buenas cocineras que siempre guardan el secreto de una buena receta. Con su vida pasaba lo mismo.
A la hora y media de escucharla Antonia terminó de cocinar. La torta estaba lista y había terminado con su discurso. Se sentó en la mesa pero ya sin su malhumor. Lo había cocinado por completo. Me miró a los ojos y me dijo: “¿Y vos cómo estás?”, y yo por primera vez en mucho tiempo le pude responder: FELIZ. Nunca me voy a olvidar de esa tarde ni de esa respuesta, fue la primera vez que usé esa palabra y sentí lo que realmente significaba para mí.

7 comentarios:

VALENTIN dijo...

Creo que diste la mejor respuesta, la más sensata, la que quizá ella necesitaba escuchar para darse cuenta que tu firmeza era una bofetada sin mano ante su amrgura, ante su disgusto del día ... al final es un equilibrio con balanza extrema ... cierto?
Un abrazo!!!!

Carla dijo...

Que lindo texto... me gusto como lo relataste, todo...Y el final, magnifico

Gabiprog dijo...

Exorcismos de cocina...
Gran relato!!! Me ha encantado!

Un abrazo.

Cloe dijo...

Linda respuesta. Lindo poder decirla de corazón.

Abrazo

juan Ignacio dijo...

Me encantó la manera en que la señora canaliza su enojo. Es como que se recosto a reposar para esperar un nuevo dia.
Tendriamos que buscar la manera (Y cuando digo: "tendriamos", me refiero a cada habitante de este mundo incomprensible) de canalizar nuestros enojos y nuestros impulsos a la hora de lastimar. Quisas un día, sin que nos demos cuenta, el mundo sea en que deseamos, si, ese que soñamos.
¿Que si soy feliz, me preguntas?
Si, soy muy feliz!!!!

Sofy M dijo...

Antonia me recordó a una tía.Besos.

contacto dijo...

Aaaahhh!! Nada más hermoso y placentero que poder azotar al mundo con esa palabrita: feliz!!!

Claudio